El rey David se arrepiente

El pecado tiene una peculiaridad muy suya. Es insidioso. Parte de su insidia es camuflarse y esconderse en lo más profundo del corazón. Tenemos un enemigo muy astuto que quiere destruirnos y la Biblia lo denomina “el príncipe de este mundo”, sabemos que su nombre es Satanás y que este personaje es tan real como el mismo Dios.  

Así que tenemos tres enemigos en realidad: la carne (el pecado), el mundo, y el diablo.

El pecado es el cáncer del mundo, porque es insidioso y penetra hasta lo más profundo del corazón humano, pero el mundo no lo reconoce y cada uno es engañado por su propio pecado. El problema principal del pecado es que es muy difícil detectarlo en uno mismo, aunque muy fácil reconocerlo en los demás. ¡Qué cosa tan curiosa, pero tan trágica! Es trágica porque el pecado oculto no se confiesa y si no se confiesa a Dios, no será perdonado y finalmente te destruirá eternamente.  

El rey David es culpable de adulterio y asesinato. Tomó la mujer de su prójimo y mandó matar a su marido. Siendo que David tiene una relación cercana a Dios, se supondrían dos cosas: la primera es que nunca hubiera caído en semejantes pecados; y la segunda, después de haber caído se sentiría muy mal. Pero ese no es el caso. David estaba ciego debido a la naturaleza insidiosa del pecado. Dios manda al profeta Natán para que reprenda a David y le haga ver su pecado, (2 Samuel 11-12).

David responde como es debido a la reprensión del profeta. En el Salmo 51 escrito por él vemos que el rey David está en agonía por su pecado al descubrir lo que ha hecho, y busca a Dios con todo su corazón sabiendo que Dios es misericordioso y sospecha que quiere perdonarlo. David conoce el corazón tierno de Dios y confía que Dios lo perdonará.

Solo cuando vemos la condición desesperada en la que nos encontramos, y vamos a Dios con humildad de corazón y en actitud de sumisión, es que recibimos el perdón.

La prueba de nuestra conversión es que buscamos a Dios cuando hemos pecado contra él y queremos sobre todas las cosas estar en paz con Dios y darle gloría reconociendo su derecho a reinar sobre nosotros. (1Juan 1:9)  “Si confesamos nuestro pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad”.

La prueba de no habernos arrepentido es escondernos de la presencia de Dios y evitar estar cerca de él. El que ama a Dios quiere restablecer la relación con él y lo busca desesperadamente sabiendo que solo él le puede dar la paz que necesita.

Recordemos a Adán y Eva en el jardín del Edén. ¿Qué hicieron cuando pecaron? Se escondieron de Dios y se taparon con hojas de higuera. No querían ver a Dios sabiendo que habían desobedecido sus órdenes. Pero Dios los veía porque no hay nada que esté escondido de Su presencia y fue a su encuentro para ofrecerles una salida.

Dios es amor y no quiere la destrucción del impío sino que el impío se arrepienta.

Ninguno piense que es natural que el rey David se haya concienciado de su pecado porque realmente era muy pecador al haber cometido dichos crímenes, pero que nosotros que no hemos cometido esos pecados no debemos preocuparnos. Todos necesitamos arrepentirnos hasta el punto de no tener paz ni descanso hasta saber que hemos sido perdonados. No importa si hemos cometido un pecado o un millón, con uno solo ya no podemos entrar el cielo (Santiago 2:10). Dios nos perdona si nos arrepentimos de verdad, y a los ojos de Dios un pecador arrepentido es apto para entrar en Su reino pero uno que no quiere reconocer su pecado nunca podrá entrar.

No olvidemos: “no hay justo ni aún uno”, (Romanos 3:10).     

 

 

Ref. Santa Biblia/ Reina Valera

Published in: on +00002010-07-23T14:34:02+00:0031000000bFri, 23 Jul 2010 14:34:02 +0000UTC 23, 2008 at 11:59 pm07  Dejar un comentario  

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