No Hay Otra Salida (Primera Parte)

 

Un banquero y un hombre de negocios estaban sentados frente a frente en un despacho del Banco. Inclinado hacia delante, el hombre de negocios hablaba muy entusiasmado, cuando, de repente, le interrumpió el otro:

–Esto es ridículo, absurdo y necio –el orgulloso banquero esbozó una mueca de desprecio.

–Pero, ¿por qué?

–¿Por qué? Usted, un hombre que piensa, ¿me pregunta el por qué de tal disparate? –y se rió burlonamente.

–Sí, señor. Le pregunto: ¿Por qué?

El banquero frunció el ceño y contestó con voz airada:

–¿Quiere usted hacerme creer que la muerte de Jesucristo en mi lugar, en la cruz del Calvario, he de dar satisfacción a Dios? ¡Lejos tales teorías! Si he de ser salvo, debo hacer algo con mis propios esfuerzos—y al decirlo pisó en el suelo con fuerza.

–¡Ah, bien!–contestó el otro—Ya veo donde está su equivocación.

Usted piensa que tiene derecho a labrarse su propio camino de salvación y por eso desprecia el plan previsto por Dios.

–¿Qué quiere usted decir?—preguntó el banquero, confundido.

–Escúcheme. Suponga que una persona viene y le dice: “¡Señor banquero, estoy muy apurado y necesitado que usted me preste algún dinero!” Dígame ahora, ¿quién tiene derecho a fijar los términos y condiciones del préstamo, usted como banquero dueño del dinero o el hombre que se lo pide?

–Yo, indudablemente. Él tendría que aceptar mis condiciones antes de conseguir el dinero.

–Exacto. Esta es su posición. Usted es el pobre y desvalido pecador, perdido y en un apuro y Dios es el Gran Banquero. Usted va a Él en busca de misericordia y perdón. ¿Quiere decirme quién tiene derecho a fijar los términos y condiciones para que usted reciba la salvación, teniendo en cuenta que usted es el hombre necesitado y Dios es el Gran Dador?

–Bien. Nunca antes me di cuenta de esto—respondió el banquero, indicando la sorpresa en su tono de voz. Desde luego, no estoy en situación de fijar las condiciones. ¡Dios tiene derecho; solo Él!

 

Comprendiendo mal el Plan de Dios.

Cuando pensamos en el plan de salvación de Dios, inmediatamente recordamos pasajes como éstos:

“Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más” (Isaías 45:22).

“El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10).

“¿Qué debo hacer para ser salvo? Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos de los Apóstoles 16:30-31).

“Por gracias sois salvos por medio de la fe” (Efesios 2:8)

“Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Timoteo 1:15).

“Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Romanos 10:9).

 

Y a pesar de ello, creo que no hay otra palabra en la Biblia peor interpretada que la palabra salvo. ¿Cómo se salvan las personas? ¿Qué es la salvación? Unos responden una cosa y otros, otra, pero ¿qué dice el Señor? “Hay camino que al hombre le parece derecho, pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 14:12). Debemos evitar este camino por todos los medios.

En los primeros días de la Iglesia, algunos enseñaron el camino del error. Decían: “Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos” (Hechos 15:1). Este enseñanza tuvo que refutarla Pablo, y lo hizo probando de una manera concluyente que no era necesario ser circuncidado ni guardar la ley para salvarse.

De igual manera, hay hoy quienes tienen ideas erróneas sobre el camino de salvación. Quiero hablar en primer lugar de esas falsas ideas.

MEDIOS VANOS

 

Religion

 Hay gente que piensa que su religión puede salvarles. Un noble inglés hizo la siguiente pregunta a la señora Cherkoff, de Rusia:

–Señora, ¿cuál es la situación de su alma?

–Caballero—contestó la condesa, indignada—éste es un secreto entre mi confesor y Dios.

¿No era ella miembro de la Iglesia Ortodoxa Griega? ¿No daba grandes cantidades de dinero para su sostenimiento? ¿No creía y practicaba todas sus doctrinas? ¿No era fiel en la asistencia a los servicios religiosos? Entonces, ¿por qué había de inquietarse? La situación de su alma no era asunto de su incumbencia, sino de la incumbencia de su Iglesia.

Quizá tú, querido amigo, también estés confiado en tu iglesia. Pero tengo que decirte que la religión no puede salvarte. Ni la protestante, ni la católico-romana, ni la judía, ni la ortodoxa griega, ni la copta, ni la mahometana, ni ninguna otra puede salvar tu alma. Solamente Cristo puede hacerlo.

Puedes pertenecer a tantas iglesia como quieras y, sin embargo, estar perdido. La Iglesia no puede salvar. Tú puedes ser luterano, presbiteriano, metodista, bautista, episcopal, católico-romano o cualquier otra cosa, y no obstante, condenarte. No hay salvación en la Iglesia. La salvación está en Cristo.

“Llamarás su nombre JESUS, porque Él salvará”. (Mateo 1:21). “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos de los Apóstoles 4:12).

Si has de ser salvo, debes serlo por Jesucristo. No hay otro. Él es único y solo Salvador.

La religión no puede impartir vida, y tú debes recibir una nueva vida para ser salvo. “Es necesario nacer de nuevo” (Juan 3:7).

Nicodemo era religioso, pero no salvo. Por eso le dijo Jesús: “Es necesario nacer otra vez” (Juan 3:7). El fariseo de Lucas 7:36-50 era religioso, pero no salvo. Cornelio era muy religioso, temeroso de Dios: daba limosnas, oraba, ayunaba, gozaba de buen testimonio en su nación, y, sin embargo, estaba perdido y necesitaba ser salvado (Hechos de los Apóstoles 10:22).

Pablo fue quizá el hombre más religioso de su tiempo. Su religión le venía desde la infancia. Hablaba de sí mismo como celoso de Dios. Había sido circuncidado y había guardado cabalmente la ley. Sin embargo, era un pecador a los ojos de Dios: estaba perdido, aunque no lo supiera. También él tenía que ser salvado. Era religioso, desde luego, pero sólo un pecador religioso. Él mismo se conceptuó como el primero de los pecadores. Escucha su testimonio:

“Si alguno parece que tiene de qué confiar en la carne, yo más: circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es por la ley, irreprensible.

“Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor a Cristo. Y ciertamente aun estimo todas las cosas como pérdida, por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo y lo tengo por basura,  para ganar a Cristo, y ser hallado en Él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe”(Filipenses 3:4-9).     

 

Ref. Oswald Smith//Editorial Alturas

Published in: on +00002010-01-22T14:18:45+00:0031000000bFri, 22 Jan 2010 14:18:45 +0000UTC 23, 2008 at 11:59 pm01  Dejar un comentario  
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