Los astrobiólogos no pueden decidir qué están buscando

 
 
 
Los astrobiólogos no pueden decidir qué están buscando
16 enero 2011 — Para buscar vida en el espacio, es evidente que primero es necesario comprender qué es la vida. Science Daily prometía «Nuevas respuestas a un antiguo interrogante en astrobiología», pero la realidad es que sólo proponía sugerencias, cuatro opiniones contradictorias y más interrogantes.
Según el artículo, la mayor parte del último número de la revista Astrobiology1 está dedicado a un intento de responder al interrogante de «¿Qué es la vida?». Dichos artículos son de acceso abierto, y por ello mismo están disponibles para el público en general.

A pesar de los inmensos recursos destinados a la investigación de la astrobiología (definida muy certeramente por Steve Benner como «una ciencia sin datos», lo mejor que puede ofrecer es un ejercicio en fantasía, como esta emisión de correos de 1967 de la desaparecida Unión Soviética, donde aparece un pretendido satélite artificial de una pretendida civilización extraterrestre. Ilustración aportada por Eugene Zelenko

 

  1. Introducción al problema: En su artículo introductorio,1 David Deamer (Universidad de California en Santa Cruz) preguntaba si es siquiera posible dar una definición de la vida. Daba una lista de ocho requisitos y preguntaba si se podían usar como una definición. Sometiéndola a dos pruebas del mundo real, quedaba claro que su farragosa lista no proporcionaba una definición estricta que proporcione todas las condiciones necesarias y suficientes para distinguir entre la vida y la no vida.
  1. Valoración del problema: En su análisis histórico, Tirard, Morange y Lazcano detallaban algunos de los fracasados intentos a lo largo de los siglos en esta «esquiva empresa» de definir la vida.2 Su conclusión era: «La investigación en el origen y la naturaleza de la vida está condenada a permanecer, en el mejor de los casos, como un trabajo en marcha». Lo cierto es que en su resumen expresaban sus dudas de que se puedan realizar progresos en un contexto evolutivo: «Los muchos intentos realizados para reducir la naturaleza de los sistemas vivos a un sólo compuesto viviente implican que la vida puede estar tan bien definida que el punto exacto en el cual comenzó puede establecerse por la súbita aparición de la primera molécula replicante», decían; «Por otra parte, si la emergencia de la vida se ve como por una transición evolutiva por etapas (aunque no necesariamente lenta) entre lo no vivo y lo vivo, entonces puede que carezca de significado establecer una divisoria estricta entre lo uno y lo otro».
En la conclusión, admitían: «Permanecemos lamentablemente ignorantes acerca de porciones fundamentales de los procesos que precedieron a la vida», pero permanecía confiado en que un «continuo evolutivo» podría describir la «emergencia de sistemas químicos autosustentantes y replicantes capaces de experimentar evolución darwinista». Desde este punto de vista, la vida sería «el resultado evolutivo de un proceso y no de un solo suceso fortuito». Pero esta creencia parece contradecir lo que habían dicho en el párrafo anterior de que «hay una distinción fundamental entre una evolución puramente fisicoquímica y selección natural, que es uno de los distintivos de la biología. En otras palabras, a no ser que un sistema alcanzase un punto en el que tuviese la capacidad de replicar su información genética, no se podría invocar la selección natural. «A pesar de muchas especulaciones publicadas, la naturaleza básica de la vida no puede comprenderse en ausencia de material genético y de evolución darwinista», habían dicho. ¿Cómo hubieran podido unos materiales prebióticos superar esta barrera? Aparentemente, creen que sencillamente aparpeció: «es razonable suponer que esta fue una de las propiedades definitorias de los primeros sistemas biológicos que aparecieron». Quizá, después de todo, fue un milagro del azar o un «suceso fortuito».
  1. Aristóteles frente a Descartes: Si alguien creía que Aristóteles había desaparecido de la ciencia desde hacía largo tiempo, Mark Bedau (Reed College, Oregon) lo devuelve a la escena en su artículo «Una explicación aristotélica de la vida química minimalista».3 En lugar de tratar de definir las condiciones necesarias y suficientes para la vida, como lo haría Descartes, presenta un modelo al que denomina PMC (programa-metabolismo-contenedor) que, dice él, «ilustrates el modo aristotélico de abordar la vida, porque explica ocho de los distintivos de la vida, uno de los casos límite de la vida (los virus), y dos de los enigmas de la vida».
Bedau tenía mucho que decir sobre la cuestión de la información, y usa este término 13 veces (incluso en «procesado de información»), y acerca de programas, siendo que usa esta palabra 37 veces, pero bien poco que decir acerca de cómo estas entidades normalmente asociadas con un diseño inteligente podrían haber aparecido sin un diseño inteligente. Todo lo que él nos presenta son preguntas: «¿Cómo aparece la vida o la biología de la no vida o de la química pura? ¿En qué difiere un sistema que experimenta una evolución meramente química, en la que las reacciones químicas están continuamente cambiando las concentraciones de especies químicas, de otro que está vivo?» Una pregunta que no hace es si el concepto de un programa de procesado de información es siquiera comprensible sin la suposición de una causa inteligente.
  1. Otro contendiente: Steve Benner (Universidad de Florida), uno cuya exasperación con sus propios experimentos lo llevó a bromear acerca de casi querer hacerse creacionista (ver Experto en el Origen de la Vida bromea sobre volverse creacionista), abordó esta cuestión en su artículo «La definición de la vida».4 En resumen, incorporó el darwinismo en la definición, lo que lo hace un caso de razonamiento circular: si está vivo, evoluciona (por definición); si evoluciona, está vivo (por definición). Pero él razonaba que «una definición incorpora una teoría». Estaba sencillamente defendiendo la definición de un comité de la NASA que, inspirado por el desaparecido Carl Sagán, enunció el concepto de que la vida es «un sistema químico autosustentante capaz de evolución darwinista». Desde entonces designaba a esto como una «teoría-definición».
Esta definición lo conduce a extrañas cuestions acerca de alienígenas y robots y seres que evolucionan a la inmortalidad, de modo que la reproducción (y con ello la evolución), devienen obsoletas. ¡Incluso se preguntaba si realmente la humanidad cumple el criterio de la vida! Cosa extraña, se muestra de acuerdo en que el darwinismo podría producir un diseño inteligente: «Sin embargo, nuestra teoría de la vida-definición» excluye la posibilidad de que las computadoras, sus virus, o los androides, hubieran podido aparecer sin un creador que ya hubiese emergido por un proceso darwinista». De modo que en lugar de que los robots y las computadoras respalden el diseño inteligente de sus propios creadores, para Benner respalda el darwinismo. Esta declaración tan contraria a la intuición es una consecuencia directa de la incorporación del darwinismo en la definición misma de la vida. Ilustrando su argumento con nanitas [robots moleculares] o androides, incorpora un tipo de creacionismo dentro del darwinismo:
Siguiendo un razonamiento similar bajo nuestra teoría-definición, la computadora en la que residen los nanitas no es vida, pero es prueba de una forma de vida que la creó. Desde este punto de vista, la computadora es una biosignatura y los nanitas son una forma de vida «artificial». Cualquier inteligencia que exhiba cualquiera de estas cosas sería «artificial». Ambas derivan de un sistema químico autosustentante capaz de evolución darwinista, que tiene que haberlas creado.

 

¿Tienen vida los humanos, en su definición? Él razona que la emergencia del uso de herramientas en nuestros antecesores estableció el marco para una especie no darwinista. En relación con esto, se muestra de acuerdo en que los procesos darwinistas son crueles, despilfarradores y despiadados:
A pesar de todo su poder para crear vida en el mundo que conocemos, los procesos darwinistas tienen algunos inconvenientes bien conocidos. Por ejemplo, condenan a algunos de nuestros hijos a morir de enfermedades genéticas a fin de «permitir» a otros de nuestros hijos que se adapten. Por cada mutación que permite que algunos hijos sean más grandes, mejores y más listos, los procesos darwinistas exigen docenas de otras mutaciones que hacen enfermar a algunos hijos. La muerte por inadaptación genética es inherente en la adaptación.
Mejor que no se entere de esto un loco como Hitler, o podría considerar su deber ayudar a la evolución en su camino (véase el nuevo libro de Richard Weikart, Hitler’s Ethic [La ética de Hitler], reseñado en Evolution News, donde Weikart demuestra que Hitler estaba convencido de que actuaba de forma totalmente ética al exterminar a los inadaptados. En castellano, véase el artículo en línea del mismo Weikart, La influencia deshumanizante del pensamiento moderno: Darwin, Marx, Nietzsche, y sus seguidores). Benner abandona rápidamente la anterior observación para resaltar los beneficios de la medicina de diseño inteligente:
Por ejemplo, puede que pronto haya disponible una tecnología para identificar las secuencias del ADN que puedan ayudar a nuestros hijos proactivamente a sobrevivir mejor, a casarse mejor y a tener mejores hijos. Puede que pronto consigamos la tecnología que permita a nuestro pediatra colocar dichas secuencias de ADN en nuestros óvulos y esperma, para crear hijos mutantes que sean más aptos por designio. Si esto sucede, entonces nuestra especie se librará de los mecanismos darwinistas para mejorar nuestros genes. Nuestra especie habrá devenido supradarwinista.
Mejor que no se enteren los eugenistas, que fácilmente podrían tratar de crear una superraza mediante ingeniería genética, o decidir cuáles son los individuos que no valen la pena.
Bonner parece haber reconocido el círculo en que se ha atrapado él mismo con su definición: «Para salvar nuestra teoría-definición, podríamos observar que incluso en tanto que estamos felizmente transformándonos en seres cerebrales al alterar preemptivamente nuestro ADN personal por designio, seguimos siendo capaces de evolución darwinista», decía para tranquilizar a sus lectores. «Por último, podríamos razonar que, como un androide inteligente, nosotros no hubiéramos podido llegar a ser si nuestros antecesores no hubieran primero tenido acceso a la evolución darwinista». Otro artificio que empleó para salvar la teoría fue argumentar que la emergencia de entidades supradarwinianas parece ser una rareza.
Benner parece contentarse con quedarse felizmente sentado dentro del círculo que él mismo ha trazado, inquietándose sólo brevemente en que «Aquí estamos atravesando un territorio filosófico inexplorado». Debido a limitaciones de espacio, dejaremos sus subsiguientes elucubraciones filosóficas como entretenimiento para los lectores curiosos. La mayor parte del resto del artículo trataba de implicaciones utilitarias de su teoría-definición darwiniana, excepto por esta perla que aparece en la conclusión: «hacemos lo que generalmente hacemos cuando una realidad es demasiado compleja para que dé satisfacción a nuestras necesidades constructivas: la ignoramos y continuamos con una perspectiva más simple, aunque pueda ser falsa» (véase El Segundo Postulado de Thumb).
  1. La última batalla: El artículo final, de Sergey Tsokolov, procedía póstumamente de un libro en el que había estado trabajando.5 Este es otro enfoque intensamente recargado de conceptos de información y programación. «El punto principal es que el metabolismo de la vida contemporánea evolucionó a partir de primitivos sistemas homeostáticos regulados por retroalimentación negativa. Debido a que la vida no podría existir en ausencia de los mismos, los bucles de realimentación se deberían incluir en las definiciones de la vida».
Tsokolov creía que estos bucles de realimentación negativa podrían emerger espontáneamente a partir de procesos químicos. Aunque más adelante reconoció la necesidad de un control genético de estos bucles, y del mantenimiento de la librería codificada, cree que el metabolismo vino primero. Razonaba que esto permite a los astrobiólogos escabullirse del inevitable problema de la gallina y del huevo:
Se  debería resaltar que ni la evolución química ni la prebiótica, al menos en sus primeras etapas, demandan ningunas «moléculas informacionales», síntesis de matrices ni replicación molecular. Por grande que sea la importancia de estas propiedades para la vida posterior, siguen siendo invenciones posteriores. La síntesis de matrices está tan profundamente arraigada en todas las formas existentes de vida, y subyacentes al mecanismo de evolución (darwinista), que lleva a algunos investigadores a plantear una pregunta: «¿Qué apareció primero sobre la Tierra: moléculas replicantes o procesos metabólicos?» (Shapiro, 2007, p. 142) … Es verdad que los complejos procesos de replicación precisan de todo un sistema de actividad enzimática. Sin embargo, la actividad enzimática no demanda un proceso de replicación. El origen de la síntesis de matrices es un problema separado, y no hay una vinculación directa con los procesos circulares de realimentación negativa o con su función en el origen de la vida. Si no, nos encontramos con el conocido problema epistemológico de decidir cuál es la divisoria precisa entre la vida y la pre-vida.
Pero, ¿qué hay del origen de aquel control  genético, de aquella «síntesis de matrices» con todos sus códigos, información, replicación, corrección de errores y complejidad? Aparentemente, Tsokolov pensaba que no era su problema.
Los comentarios de Nick Woolf, que da una reseña al final del artículo, son instructivos. Woolf tiene problemas con muchas de las aseveraciones de Tsokolov. Encuentra agujeros en la definición que da Tsokolov que permiten incluir cosas no vivientes y que excluyen a seres vivos. Una de las cosas que sí le parecían correctas es: «Manifiesto mi acuerdo con el autor acerca de que una definición precisa de la vida resulta problemática».
Es dudoso que estos artículos sean un avance sobre unos anteriores e inadecuados intentos de definir la vida. Cuando vayan a buscar vida en el espacio, ¿tendrán los astrobiólogos un criterio para distinguir si hay éxito?

1. David Deamer, «Introduction», Astrobiology, diciembre de 2010, 10(10): 1001-1002. doi:10.1089/ast.2010.0569.
2. Tirard, Morange and Lazcano, «The Definition of Life: A Brief History of an Elusive Scientific Endeavor», Astrobiology, diciembre 2010, 10(10): 1003-1009. doi:10.1089/ast.2010.0535.
3. Mark A. Bedau, «An Aristotelian Account of Minimal Chemical Life», Astrobiology, diciembre 2010, 10(10): 1011-1020. doi:10.1089/ast.2010.0522.
4. Steven A. Benner, «Defining Life», Astrobiology, diciembre de 2010, 10(10): 1021-1030. doi:10.1089/ast.2010.0524.
5. Sergey Tsokolov, «A Theory of Circular Organization and Negative Feedback: Defining Life in a Cybernetic Context», Astrobiology, diciembre de 2010, 10(10): 1031-1042. doi:10.1089/ast.2010.0532.
Imaginemos que se redacta un párrafo sin sentido y se disfraza de jerga cientificoide. Encontremos una proposición autorrefutante y circular, o culpable de otras transgresiones lógicas, y expandámoslas a un artículo académico lleno de conceptos alambicados y de verborrea rutilante —vaya, un trabajo duro. Podría ser un divertido ejercicio en el arte de la sofistería. Difícilmente se podría conseguir un resultado más convincente que Steve Beener con su artículo. Vale la pena leerlo como entretenimiento, desde luego no para conocimiento. Los enseñantes podrían querer asignarlo para un ejercicio en pensamiento crítico después de explicar por qué sus premisas son imposibles, exentas de datos y de petición de principio a cada giro.
¡Imagina esto, Steve! Hay mucha gente que no acepta tu premisa de que el darwinismo es el Alfa y la Omega de la existencia. A pesar de la abrumadora propaganda desde tantos medios de comunicación, hay todavía una resistencia a aceptar la idea de que la humanidad surgió de un proceso natural sin plan ni propósito. En Estados Unidos, menos del 20% aceptan tal manera de pensar, véase 19/12/2010), e incluso en una Europa muy barrida por el hedonismo y el materialismo práctico los números no son los que desearían los propagandistas ateos. Las ideas que propones pueden tener una plena aceptación sólo dentro de tu círculo de convencidos, pero no las puedes designar como ciencia, y ten por cierto que muchos de tus lectores no quedarán convencidos por tus divagaciones.
De todos modos, ya sabemos que a Benner todo esto le trae sin cuidado. Está en el tráfico de la astrobiología (la «ciencia» sin datos, y esto en palabras del propio Benner, véase Los astrobiólogos comparten su ignorancia en AbSciCon), un círculo que ha venido a ser el fondo de caridad de los contribuyentes para los discapacitados en filosofía (véase 07/01/2005, 08/01/2003). Así se consigue prosperar en la actividad de contar cuentos a expensas del dinero público (véase 31/01/2005, 25/01/2010; y podemos recordar la gran fantasía sobre el boro con un tiro de veinte mulas, 01/09/2004), lo que nos puede dar grandes momentos de diversión. Sin embargo, parece que es por aquí donde se podría comenzar con los recortes a asignaciones de un escaso dinero público, tal como anda la presente crisis.
El único punto valioso en el artículo de Benner es afirmar aquello de lo que los creacionistas han estado observando siempre acerca del darwinismo: que además de carecer de base real, tiene unas funestas consecuencias sociales. Tras haber considerado estos males desde una perspectiva de unos valores que en realidad no derivan en absoluto del darwinismo, sino de la cosmovisión judeocristiana acerca de lo que es bueno, verdadero y hermoso, quizá sí que, a fin de cuentas, debería volverse creacionista (véase Experto en el Origen de la Vida bromea sobre volverse creacionista). También es apreciable su experta sátira al refutar las impracticables ideas de sus colegas (véase Los astrobiólogos comparten su ignorancia en AbSciCon, y, en inglés, las entradas para 09/12/2010, 09/01/2003).
Entonces, ¿qué es la vida, si la evolución no es la respuesta? El problema con todos estos artículos reside en que dan por supuesto el naturalismo (materialismo). Es imposible llegar a una definición de la vida de abajo arriba. Nada procede de la nada; estos contradictorios artículos iluminan este problema. Uno propone la divisoria en el metabolismo, otro en el complejo programa-metabolismo-contenedor, otro en la selección natural, etc., etc. Ninguna definición entre las propuestas excluye todo lo no vivo e incluye todo lo vivo. No hay ninguna definición satisfactoria. Ya hemos visto a dos de los mejores teóricos sobre el origen de la vida refutarse sus ideas mutuamente: Shapiro con su propuesta de que el metabolismo fue primero (véase El naufragio en las investigaciones sobre el Origen de la Vida) y Orgel con su propuesta de que la genética fue primero (véase El último testamento de Leslie Orgel). Y es que los astrobiólogos no sólo razonan en círculos, es que forman pelotones de fusilamiento en círculo.
La vida sólo puede comprenderse de arriba abajo. Pasteur demostró esto durante el siglo 19 con su Ley de la Biogénesis: la vida procede de la vida. Nuestra vida procede del autoexistente y eterno «Yo Soy» que concedió vida a Sus criatiras. Es sólo sobre este fundamento que la vida adquiere sentido. Es sólo desde esta cosmovisión que los científicos actuales podrán progresar acerca de las interesantes cuestiones en las fronteras de la biología sin cometer suicidio intelectual.

Fuente: Creation·Evolution HeadlinesAstrobiologists Can’t Figure Out What They Are Looking For 16/01/2011

Redacción: David Coppedge © 2011 Creation Safaris – www.creationsafaris.com
Traducción y adaptación: Santiago Escuain — © SEDIN 2011 – www.sedin.org


Publicado por Santiago Escuain para SEDIN – NOTAS y RESEÑAS el 1/23/2011 08:21:00 PM

Published in: on +00002011-01-23T07:36:16+00:0031000000bSun, 23 Jan 2011 07:36:16 +0000UTC 23, 2008 at 11:59 am01  Dejar un comentario  

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