Charles Finney discierne el estado espiritual de los ciegos religiosos (Cuarta parte)

Continuamos con la historia de la predicación de Finney y la iglesia de denominación “Congregational”.

Finney llegó a un punto en que no le quedó más remedio que confrontar a los asistentes con su falta de evidencia de salvación genuina, y a instarlos a aceptar el evangelio tal como habían reconocido que realmente era.
Les dijo:
“Ustedes han reconocido que lo que les predico es el Evangelio. Profesan creerlo. Ahora les pregunto ¿lo van a recibir? ¿Piensan aceptarlo o van a rechazarlo? ¿Qué tienen en mente hacer? Yo tengo derecho a esperar que reconozcan su obligación de hacerse Cristianos enseguida. Ya han reconocido que es necesario hacerlo, por lo tanto les pido a los que han decidido hacen su paz con Dios ya, que se levanten. Por el contrario, los que han decidido no hacerse Cristianos y quieren que yo lo sepa, y que Cristo lo sepa, que se queden sentados”.

Después de dejar esto claro y de quedarme convencido que lo habían entendido a la perfección, les dije: “Ustedes, los que estén dispuestos ahora a hacer la paz con Dios, por favor levántense. Los que por el contrario quieren seguir aferrados a su presente actitud, y no aceptar a Cristo, pueden quedarse sentados.

Se miraron unos a otros, me miraron a mí, y todos se quedaron sentados tal como me esperaba”.
Después de unos momentos, les dije:
“Entonces ya se han comprometido. Han rechazado a Cristo y Su Evangelio, y son testigos unos a otros, y Dios es testigo en contra de todos ustedes. Esto ha quedado claro y van a recordar mientras vivan que públicamente han tomado la decisión en contra de Cristo y con ello han declarado: ‘No queremos que este hombre, Jesucristo, reine sobre nosotros’”.

Cuando oyeron esto empezaron a enfadarse, y levantándose uno tras otro se dirigieron hacia la puerta. Al ver lo que hacían dejé de hablar, y ví que se volvían a mirarme para ver por qué no seguía. Les dije: “Lo siento por ustedes, predicaré de nuevo, si Dios me lo permite, mañana por la noche”.

Al día siguiente pasé mucho tiempo en oración intercediendo por todos los que habían asistido la noche anterior. A medida que se acercaba la hora de comenzar, el templo se llenó hasta los topes.
El Espíritu Santo estaba sobre mí y sentía que cuando llegará el momento me daría las palabras que tenía que decir. Empecé con los siguientes versos:

“Dile al justo que le irá bien, porque comerá el fruto de sus labores. Más ¡ay de los malos! Las cosas les irán mal; porque les será dada la recompensa de sus labores”.

El Espíritu de Dios cayó sobre mí con gran poder. Durante más de hora y media la Palabra de Dios me llenó y era como el fuego y el martillo rompiendo la roca, y como una espada que divide el alma y el espíritu. Noté que una convicción general se extendía por todos los asistentes de la congregación. Muchos de ellos no podían levantar la cabeza.
Esa noche no los insté a que dieran marcha atrás en su actitud con respecto a someterse al Señor, sino que supuse que seguían firmes en su rebelión, y dí por terminado el culto.

Cuando ya todos salieron, noté que una mujer era llevada por los brazos de dos acompañantes y fui a ver qué pasaba. Su rostro reflejaba una gran angustia y me señaló que no podía hablar. Les aconsejé a sus acompañantes que la llevaran a casa y orarán con ella para ver que hacía el Señor. Me informaron que ella era hermana de un misionero y miembro de la iglesia con muy buena reputación.

La conclusión de esta historia en el proximo artículo.

Biografia de Charles Finney

Published in: on +00002011-07-29T01:49:13+00:0031000000bFri, 29 Jul 2011 01:49:13 +0000UTC 23, 2008 at 11:59 am07  Dejar un comentario  

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